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El último videoclub de Nueva York

Por Hispayork.com
El último videoclub de Nueva York
2026
Destacado
Curiosidades de NYC

Durante años, entrar en un videoclub fue una de las ceremonias más sencillas y más importantes de la semana. No hacía falta planificar demasiado. Bastaba con una tarde de lluvia, una cena improvisada, alguien que dijera “¿vemos una película?” y ese paseo hasta un local donde las carátulas se alineaban como si cada una escondiera una promesa distinta. Viviendo muy cerca de Manhattan, recuerdo ese ritual, hace ya... sí, hace ya mucho tiempo.

Había películas que ya conocías, películas que elegías por la portada y películas que terminabas alquilando porque alguien detrás del mostrador te decía: “Llévate esta. No es famosa, pero confía”. Y eran horas las que uno se pasaba delante de esas estanterías leyendo las partes de atrás de las cajas de VHS y luego DVD.

Luego llegaron las plataformas, los algoritmos, las recomendaciones automáticas y esa extraña costumbre moderna de pasar cuarenta minutos buscando algo para ver entre miles de opciones, para terminar viendo una serie que ya habíamos visto dos veces.

Los videoclubs fueron desapareciendo casi sin ceremonia. Yo, si no me los recorrí todos... no estuve muy lejos. Luego llegó Netflix con sus tres DVD por correo, luego Blockbuster intentó lo mismo, aunque tarde para sus intereses económicos y poco a poco nos fuimos alejando de esos locales.

Primero cerraron los pequeños. Después las grandes cadenas. Luego desaparecieron incluso las estanterías de DVD de muchas tiendas. Nueva York, que durante décadas había tenido locales donde se podía alquilar cine europeo, películas de terror imposibles de encontrar y rarezas que jamás llegarían a televisión, pareció aceptar que esa parte de la ciudad pertenecía al pasado.

Pero Nueva York tiene una relación complicada con las cosas que se niegan a desaparecer. Una bonita relación que hace que amemos esta ciudad.

En Williamsburg, Brooklyn, existe un lugar llamado Night Owl Video que ha decidido hacer exactamente lo contrario de lo que parecía lógico: abrir un videoclub cuando casi todos los demás han cerrado.

No es un museo. No es una tienda nostálgica decorada para turistas. Y tampoco es un rincón donde alguien intenta venderte la idea de que “antes todo era mejor”.

Es un local lleno de VHS, DVD y Blu-ray donde todavía se puede hacer algo que parecía condenado a desaparecer: recorrer estanterías, coger una película con las manos, mirar la portada, leer la contraportada y salir con una elección que no ha sido sugerida por una pantalla.

Night Owl Video abrió en 2025 y, según sus propietarios, se convirtió en la única tienda independiente de vídeo física de la ciudad dedicada a este formato. Su lema no deja demasiado margen para la duda: “Death to streamers. Physical media forever”.

Puede parecer una provocación, pero también es una declaración de principios. Porque el problema de las plataformas no es que hayan facilitado ver películas. Eso sería absurdo negarlo. El problema es que han convertido el cine en algo que aparece y desaparece sin avisar, como si una película fuera un objeto temporal que pertenece a una empresa durante unos meses y luego se esfuma del catálogo.

En un videoclub, en cambio, una película permanece. Puedes volver a ella dentro de diez años. Puedes encontrar una edición rara. Puedes descubrir una cinta que alguien dejó olvidada entre dos títulos de acción. Y, sobre todo, puedes hablar con otra persona sobre lo que estás a punto de ver. Eso es algo que ningún algoritmo ha conseguido reemplazar del todo.

La ciudad que perdió sus videoclubs

Nueva York tuvo durante décadas una cultura de videoclub especialmente intensa. No era raro que un barrio tuviera varios locales y que cada uno desarrollara una personalidad propia. Algunos eran especializados en cine de autor. Otros en terror, anime, cine asiático o películas imposibles de encontrar en ningún otro sitio.

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El más mítico fue Kim’s Video, en el East Village. Para muchos cinéfilos, entrar allí era como visitar una biblioteca caótica dirigida por alguien con un gusto extraordinario y una paciencia limitada. Sus estanterías reunían títulos que no aparecían en ningún otro lugar, y su cierre dejó una sensación de pérdida que todavía se recuerda entre quienes vivieron aquella época.

Parte de su colección terminó rescatada y puede consultarse hoy en el archivo de Kim’s Video en Alamo Drafthouse, en Lower Manhattan. Pero un archivo, por valioso que sea, no es exactamente lo mismo que un videoclub. Un archivo conserva, un videoclub propone. Y esa diferencia parece pequeña hasta que vuelves a entrar en uno.

La generación que no vivió la época del VHS

Lo más curioso de Night Owl Video es que buena parte de sus clientes no son personas que crecieron alquilando películas. Son jóvenes. Gente que ha tenido Netflix, YouTube y TikTok desde antes de saber leer. Personas que no sienten nostalgia por los VHS porque nunca los utilizaron, pero que encuentran algo atractivo en la idea de poseer una película, de elegirla sin prisas y de descubrir que no todo tiene que llegar recomendado por un algoritmo.

El local ha reunido miles de títulos y ha visto crecer el interés por formatos que parecían definitivamente muertos, especialmente entre aficionados al terror y al cine de culto. En su primer año, incluso tuvo que ampliar inventario y horarios por la respuesta del público.

Quizá no sea nostalgia. Quizá sea cansancio, cansancio de que todo sea inmediato, invisible y sustituible. Quién no lo ha sentido en algún momento. Cansancio de abrir una aplicación y sentir que, aunque hay miles de películas disponibles, ninguna parece realmente tuya.

El placer de elegir mal

Hay algo que las plataformas nunca podrán copiar del todo: el derecho a equivocarse. En un videoclub podías alquilar una película terrible por culpa de una portada espectacular. Podías llevarte una cinta desconocida porque el título te hizo gracia. Podías descubrir una joya accidentalmente, simplemente porque estaba colocada junto a otra que buscabas.

El algoritmo, en cambio, intenta evitar el error. Te recomienda lo que cree que te gustará. Te encierra, con mucha educación, dentro de una versión cada vez más estrecha de tus propios gustos. El videoclub hacía lo contrario. Te dejaba perderte. Y perderse, en Nueva York o en una estantería de películas, suele ser una forma bastante eficaz de encontrar algo que no estabas buscando.

Un lugar para quienes todavía creen en las historias

Night Owl Video no será el último videoclub de Nueva York en sentido absoluto. La ciudad siempre encuentra maneras de reinventar lo que parecía terminado, y también existen proyectos como Video Free Brooklyn, que mantiene vivo el alquiler de películas seleccionadas a mano en Park Slope.

Pero Night Owl representa algo más amplio que una tienda. Representa la resistencia de una forma de mirar cine. Una forma más lenta, más física y quizá un poco más humana.

Porque una película no es solamente algo que se reproduce durante dos horas en una pantalla. También puede ser una conversación con quien te la recomienda, una portada gastada por muchas manos, una rareza que alguien encontró en una caja olvidada o una noche de lluvia en la que elegiste algo sin saber muy bien qué esperar.

En una ciudad donde casi todo se transforma, desaparece o se convierte en una versión más cara de sí mismo, resulta reconfortante saber que todavía hay una puerta en Brooklyn detrás de la cual alguien sigue ordenando películas. No para salvar el pasado sino para recordarnos que algunas cosas todavía merecen ser elegidas con las manos.

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