Por qué no verás hogueras de San Juan en Central Park
Hay noches que pertenecen a una ciudad y otras que pertenecen a la memoria. La Noche de San Juan es una de esas fechas que, para millones de personas, huele a mar, a humo de leña, a deseos escritos en un papel arrugado y a conversaciones que se alargan hasta que el amanecer empieza a teñir el horizonte. Sin embargo, si el 23 de junio te encuentras en Nueva York buscando una gran hoguera frente a la que lanzar tus malos recuerdos o pedir un deseo, no tengo buenas noticias.
Porque Nueva York, esa ciudad capaz de celebrar prácticamente cualquier cosa, nunca adoptó la tradición de las hogueras de San Juan como parte de su identidad.
La primera vez que muchos españoles, latinoamericanos o europeos pasan esta fecha en Nueva York suelen pensar que simplemente no han encontrado el lugar correcto. Después de todo, estamos hablando de una ciudad donde se organizan desfiles gigantescos, celebraciones multitudinarias, festivales gastronómicos y hasta carreras de personas disfrazadas de Santa Claus. ¿Cómo es posible que una tradición tan popular no tenga aquí su rincón?
La respuesta tiene menos que ver con la falta de interés y más con la propia naturaleza de la ciudad.
Imagínate por un momento a miles de personas intentando encender hogueras en Central Park, en Battery Park o en cualquiera de las playas urbanas de Nueva York. Ahora imagina la cara que pondrían los bomberos de la ciudad. No hace falta pensar mucho más. Las estrictas normativas de seguridad, los riesgos de incendio y la enorme densidad urbana convierten algo tan normal en las playas españolas en una auténtica pesadilla administrativa para las autoridades neoyorquinas.
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Mientras en Alicante, Barcelona, Valencia o Galicia la noche se ilumina con cientos de hogueras que parecen competir entre sí por tocar el cielo, en Nueva York las llamas abiertas están sometidas a un control tan estricto que organizar algo parecido resultaría prácticamente imposible.
Pero eso no significa que la magia de San Juan esté completamente ausente.
Cada año, pequeñas comunidades españolas e hispanas mantienen viva la tradición de maneras más discretas. Algunos escriben deseos en un papel y los guardan en casa. Otros se reúnen para cenar con amigos recordando cómo celebraban la fecha en sus países de origen. Hay quien se acerca al mar en Coney Island o a alguna playa de Long Island para mojarse los pies a medianoche, reinterpretando a su manera el antiguo ritual de saltar las olas.
No hay grandes hogueras. No hay montañas de madera ardiendo frente al océano. No hay miles de personas saltando sobre las llamas mientras ríen. Pero sí existe algo más silencioso: la nostalgia.
Y quizá eso sea precisamente lo que hace especial la Noche de San Juan en Nueva York.
Porque en una ciudad donde casi todo parece posible, esta sigue siendo una de esas tradiciones que pertenecen a otro lugar. Una costumbre que viaja en la memoria de quienes llegaron desde lejos y que reaparece cada año en forma de conversación, de fotografía antigua o de llamada a la familia al otro lado del Atlántico.
Tal vez por eso, mientras las playas de España arden de luz y humo, Nueva York continúa brillando a su manera. No con hogueras, sino con millones de ventanas iluminadas. No con deseos lanzados al fuego, sino con sueños que cada noche llegan a la ciudad buscando convertirse en realidad.
Y pensándolo bien, quizá esa sea la hoguera más grande de todas.
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